Apuntes sobre medios de comunicación en el capitalismo

En definitiva, los medios de comunicación más importantes que existen en el planeta, se comportan como lo que son, poderosas empresas comerciales dentro del orden capitalista, que por las grandes inversiones de capital que requieren, deben su existencia y sostenimiento a poderosos sectores económicos de los países de origen. Suelen ser considerados como el cuarto poder de una nación, pero por la influencia que muchas veces ejercen, se comportan como el primero. Son verdaderas máquinas de propaganda dirigidas a legitimar a las estructuras de poder existentes y de publicidad, para garantizar con ello la reproducción económica y el consumo masivo dentro del sistema capitalista. 

Por regla general, la transmisión de la información desde estos medios, está supeditada de modo abrumador a los intereses y motivaciones particulares, de los que tienen el control económico y político de ellos. Así, por ejemplo, en Francia, están íntimamente ligados a la industria del armamento, en Argentina a los agronegocios y en Venezuela al derrocamiento violento del gobierno de Nicolás Maduro. Con este control no es extraño que allí prevalezcan la falta de objetividad en sus contenidos, noticias o programas de entretenimiento (música, películas, documentales). Todo lo que contravenga en esencia esos intereses, ha de ser rechazado, sin que resulte fácil detectar a veces, la apología del sistema y sus valores, es decir, la mera reproducción de la ideología dominante en las decisiones que se toman, en radio, televisión, periódicos, revistas y estudios de cine. 

El poder de las grandes corporaciones transnacionales de la comunicación, hace que cualquier otro medio de información de alcance limitado, le resulte sumamente difícil crear y hasta sobrevivir. Eso naturalmente impide que los ciudadanos puedan ejercer plenamente, el derecho a ser informados de manera veraz, al no existir un número significativo de fuentes diversas. Estos conglomerados mediáticos son tan poderosos, que donde llegan suelen modular y deformar a millones de personas en el planeta. Definen y anestesian a las personas para inducirlos a que piensen, consuman, y hasta aspiren, lo que ellos sutilmente les han inoculado.  

En estos medios es muy frecuente encontrar espacios para periodistas, economistas y politólogos, muy versados en eso de apuntalar con sus opiniones y análisis la hegemonía cultural e ideológica del capitalismo. Estos personajes suelen tener en común, su defensa a ultranza de la llamada democracia occidental y el imperio de la propiedad privada sobre los medios de producción. Además, para que esta dominación sea más efectiva, abunda la transmisión de programas sobre actividades científicas, ideológicas, culturales y sociales, producidos solo en idioma inglés.  

De igual modo, para que no se note esta preferencia abismal sobre determinados personajes y programas, se nos trata de hacer creer que todos los sectores de la sociedad son bienvenidos, cuando lo cierto es que estas pocas manifestaciones, cuando se les da cabida, sucumben de manera brutal contra la avalancha y duración de los contenidos ideológicos que estos medios presentan. Al fin y al cabo, el bombardeo ideológico ha sido de tal magnitud, que ya las masas están preparadas y “educadas”, para rechazar estas pocas expresiones del disenso. Pero esto no basta, también tienen tendencia a fingir que buscan equilibrios informativos en las noticias, cuando ya las han presentado fuera de contexto, trivializando lo medular o distorsionándolas a conveniencia.  

Este poder incalculable del que disponen muchos medios, hace casi imposible que cualquier intento, por más mínimo que parezca, de regularlos en sus actividades y negocios pueda resultar; ya que de inmediato lo considerarán como un atentado directo a la libertad de expresión. Sin embargo, cuando los Estados hacen un uso discrecional de la publicidad estatal, por ejemplo, favoreciendo a un medio determinado, que suele estar generalmente entre los más poderosos, y castiga a otros, ya la percepción de la libertad de expresión, de prensa y de empresa, cambia de manera notable. Por eso que la política de los Estados debería dirigirse a fomentar un mayor pluralismo informativo, usando para ello los recursos públicos con el fin de balancear, de algún modo, el universo y control mediático que existe y no para castigar o premiar, según las preferencias o adhesiones al partido gobernante. 

Afortunadamente cada vez son ya menos los que creen y confían ciegamente que en el capitalismo, el papel de los medios de comunicación consiste en informar, educar y entretener, cuando lo que realmente mejor hacen, es transmitir e imponer de manera masiva y constante, un determinado estilo de vida y un modo de consumo, mediante la transferencia de patrones y estereotipos que parecen ser los que más atraen o gustan a todos; lo que es consecuencia no solo de su misión de garantizar el mantenimiento del sistema, sino por ser parte intrínseca de la estructura del mismo. Es desde aquí, desde esos medios, que las evidencias tangibles que sostienen a la verdad son relativizadas, mientras las mentiras se renuevan constantemente. Con mucha frecuencia se sostiene en estos círculos, que a las personas poco les importa la verdad, por ello le alimentan cuidadosamente en lo que creen y lo que quieren ver y escuchar o lo que parece que les interesa consumir. 

Pese a la profunda crisis global que sufren los medios de comunicación en la actualidad, debido principalmente a la difusión de nuevas tecnologías en el terreno de la información y la comunicación (internet, redes sociales, celulares inteligentes y otras), lo cierto es que siguen representando un soporte fundamental de la sociedad de consumo. No obstante, es evidente que con la incorporación de estas nuevas herramientas, se están observando una serie de cambios acelerados en la relación de los medios (principalmente la prensa escrita y la televisión abierta), con el público, que está afectando incluso, hasta la forma de elaborar las noticias, debido en parte a que redes sociales como Facebook y Twitter, no solo se comportan como plataformas de encuentro, sino también como verdaderas cajas de resonancia informativa.  

De modo que, por un lado, se está experimentando un declive de los medios de comunicación tradicionales en general y del trabajo periodístico en particular, y por el otro, hay un crecimiento vertiginoso de formatos más abiertos a la hora de presentar la información, muchas veces asumidas por blogueros, internautas, tiktoker u otros, con poco o ningún conocimiento de las técnicas de esa profesión. Estas nuevas tecnologías están en casi todos los ámbitos de la vida moderna: en el comercio de bienes y servicios, en tramites bancarios en línea, en videojuegos, en las llamadas redes sociales. 

No hay duda alguna que desde la invención de la internet hasta hoy, se vienen produciendo una serie de cambios tecnológicos con impactos asombrosos en todas las actividades humanas, destacándose el uso de las redes sociales, el dinero plástico, la tecnología 5G, la inteligencia artificial, los drones y las cámaras de vigilancia y espionaje, así como también el crecimiento abusivo de fake news (noticias falsas) y la posverdad (mentiras emotivas). En el caso de la internet, cuando creíamos que con este cambio habíamos encontrado un espacio que nos otorgaba cierta libertad y autonomía de los medios de comunicación; resulta que cada día que pasa se nota claramente que lo estamos perdiendo, debido al gran control y a la fuerte dependencia que sobre nosotros, ejercen empresas tan lucrativas como Google, Facebook y Twitter. 

En este tiempo donde las distancias físicas ya no son tan importantes y cuando la información que se transmite y difunde está dominada en gran medida por la manipulación, la desinformación y la falta absoluta de objetividad, resulta muy curioso que eso coincida con la existencia de ciudadanos, que provistos de cualquier dispositivo portátil (laptop, teléfonos inteligentes y tabletas), tienen en esa esfera de la comunicación e información, un poder impresionante del que la mayoría de las veces no son conscientes. 

Con las redes sociales o espacios interactivos se ha inaugurado una nueva cultura y realidad comunicacionales, que ni los medios tradicionales, ni los ciudadanos pueden ya prescindir. Ellas han provocado un impacto mayor, sobre todo entre los jóvenes de todo el planeta, que el producido en su época con la llegada de la televisión, el cine o la prensa. Aunque hay mucho de ilusión allí, con relación a la cantidad de amigos que se tiene, no podemos negar que son, querámoslo o no, un gran espacio donde no solo tienen lugar los debates, la polémica y la confrontación, las batallas político y culturales de las mayorías, sino también un lugar preferido para incubar las fake news, las posverdades o lo que otros llaman las “verdades alternativas”. 

Ellas han abierto nuevas e infinitas posibilidades de aprovechamiento, que pueden ir desde las perspectivas para promover un cambio en la sociedad, así como los riesgos y peligros que supone su adicción, su dependencia y su instintiva noción de que se tratan de espacios de interacción imprescindibles, donde a través de un dispositivo se envían y reciben mensajes de manera perpetua, y en muchas ocasiones, hasta de forma anónima. Los riesgos asociados también alcanzan el control y manipulación de los usuarios, que suelen concederle muy poca importancia a la reflexión y a la lectura, y mucha a las imágenes que sobreabundan en la red. Hoy día, todo el proceso de la información se encuentra tan afectado por un bombardeo tan intenso de la misma, que hace que en las grandes compañías mediáticas impere la superficialidad, la manipulación y la ausencia de verificación. Naturalmente que esta situación hace que nuestra capacidad para reaccionar o responder ante todo esto, sea extraordinariamente muy limitada. De ese modo, el protagonismo que ha adquirido la información, su acumulación y manejo, ha permitido que con mucha facilidad se desplacen conceptos como la creatividad, el conocimiento y la imaginación. 

Ciertamente los medios de comunicación cumplen en una sociedad una función social, política y cultural, cuando crean y definen los temas de interés nacional e internacional, pero esta tarea está supeditada, ante todo, a las reglas y tácticas del mercado, donde el énfasis recae en las ganancias que se generen por la publicidad y la venta de sus productos y servicios. Aquí lo que más importa, sin duda, es la lógica comercial. De allí que todo lo que se hace en el ámbito informativo, educativo y de análisis, está bajo esta visión, todo está preparado para digerir y provocar al final en las colectividades, la parálisis social. 

En este panorama donde es normal que la verdad informativa sea sacrificada y la apología del sistema represente la mayor prioridad, se han colado los llamados medios alternativos e independientes de comunicación, que al surgir alejados de la lógica comercial imperante, apuntan a proponer un cambio donde tengan voz los sin voz. Su trabajo se desarrolla principalmente en internet, como un frente de la lucha general, de aquella lucha real que las masas despliegan tanto en calles como ciudades. Los hay en diferentes estilos y formatos, pero todos buscan que las comunidades no sean un sujeto pasivo, sino un consumidor activo en las transformaciones sociales. Son una verdadera herramienta contracultural en manos del pueblo, que en dependencia de su alcance, credibilidad y sintonía, suelen tener que enfrentar las represiones de los gobiernos de turno, así como las deficiencias técnicas y la falta de recursos y fondos para continuar. 

En este mundo no más de seis transnacionales de la comunicación controlan miles de canales de televisión, emisoras de radio, prensa, formato electrónico o digital y otros medios. Representan una verdadera industria cultural del capitalismo, donde tanto información como entretenimiento, son ofrecidos para esclavizar, para adormecer, para ser solo contemplados con pasividad, donde se nos condiciona para que no tengamos ninguna reflexión o análisis crítico. Es decir, el fin último es la enajenación más perversa, que es también parte de la crisis humanística que reina en este planeta. 

Una de las características que mejor define al ser humano es su capacidad de comunicarse y con ello, interactuar con otros para una vida social activa, sin embargo, aun cuando hoy contamos con un mayor acceso a las tecnologías digitales, seguimos viviendo en un mundo lacerantemente desigual, donde ese acceso no ha significado un mejoramiento de la vida para millones de personas. Esto puede interpretarse de varias maneras, una de ellas podría ser que a mayor información disponible, no se genera necesariamente una mejor calidad de vida entre sus usuarios, es decir, no es suficiente estar conectado para salir de la explotación o exclusión. Pero, aun así, en este mundo es evidente que los avances digitales tienen un peso importante, a la hora de quererlo hacer más justo y más equitativo. Situación que no será posible alcanzar cuando solo el 43.1% de los africanos viven conectados contra un 93.4% de los norteamericanos.

Por: Pedro Rivera Ramos. Periodista, escritor, cineasta y ensayista panameño.

 

Fuente: Radio Temblor

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