COP28: una farsa orquestada para fracasar, pero hay otras formas de intentar salvar el planeta

Seamos realistas: las cumbres sobre el clima no funcionan. Los delegados hablan y hablan, mientras los sistemas de la Tierra se deslizan hacia puntos de inflexión mortales. Desde que comenzaron las negociaciones sobre el clima en 1992, se ha liberado en todo el mundo más dióxido de carbono procedente de la quema de combustibles fósiles que en toda la historia humana anterior. Es probable que este año se establezca un nuevo récord de emisiones. Nos llevan a la perdición.

A lo largo de estas cumbres de la Conferencia de las Partes (COP), los cabilderos de los combustibles fósiles han invadido los pasillos y las salas de reuniones. Es como permitir que los fabricantes de armas dominen una conferencia de paz. Este año, los cabilderos superan en número a todas las delegaciones nacionales menos una. Y no son los únicos: la Cop28 también está repleta de cabilderos de la carne y el ganado y representantes de otras industrias que destrozan el planeta. La que debería ser la cumbre más importante del planeta se ha convertido en una feria comercial.

No es sorprendente que las dos medidas decisivas que estas negociaciones deberían haber logrado desde el principio –acuerdos para dejar los combustibles fósiles bajo tierra y poner fin a la mayor parte de la ganadería– nunca hayan aparecido en el resultado final de ninguna cumbre COP. Tampoco debería sorprendernos que estos acuerdos favorezcan soluciones falsas como la captura y el almacenamiento de carbono, cuyo único propósito es servir de excusa para la inacción.

El nombramiento del Sultán Al Jaber como presidente de la Cop28 puede interpretarse como el desenlace de este fiasco. Es el director ejecutivo de la compañía petrolera estatal de los Emiratos Árabes Unidos, Adnoc.  Adnoc planea actualmente una expansión masiva de sus operaciones de petróleo y gas. Antes de que comenzaran las reuniones, Al Jaber planeaba utilizarlas como una oportunidad de cabildeo para vender los productos de su empresa a los delegados. Cuando discutía con quienes pedían acciones más efectivas, utilizó clichés clásicos de la industria de los combustibles fósiles, incluido ese viejo favorito: si elimináramos gradualmente los combustibles fósiles, volveríamos a vivir en cuevas. Los combustibles fósiles son la verdadera amenaza a la civilización. Ha habido algunos presidentes poco inspiradores en las cumbres internacionales sobre el clima, pero ninguno tan manifiestamente inadecuado este papel.

Tal vez no sea sorprendente que, de las 27 cumbres celebradas hasta ahora, 25 hayan sido fracasos estrepitosos, mientras que dos (el Protocolo de Kioto de 1997 y el Acuerdo de París de 2015) hayan sido medio éxitos. Si cualquier otro proceso tuviera una tasa de éxito del 3,7%, sería abandonado por algo mejor. Pero los gobiernos del mundo siguen haciendo lo mismo con la expectativa de resultados diferentes. Casi se podría imaginar que querían fracasar.

La primera reforma y la más obvia es excluir a los lobistas. Pero el lobby de los combustibles fósiles, por grotesco que sea, no es de ninguna manera el único problema de como se llevan a cabo estas Cumbres. El proceso está completamente viciado.

Las únicas negociaciones globales que se organizan como las cumbres climáticas son otras cumbres ambientales, como las conferencias de biodiversidad de la ONU. Cuando los estados quieren que algo suceda (acuerdos comerciales, por ejemplo) utilizan métodos diferentes. El fracaso de las Cumbres COP está predeterminado. En 1994, Arabia Saudí, respaldada por otros miembros del cártel petrolero OPEP, insistió en que todas las decisiones generales debían tomarse por consenso. Como esta cuestión nunca se resolvió, las reglas de la ONU sobre la toma de decisiones permanecen como borrador.

El resultado es que los estados petroleros obtuvieron lo que querían, por defecto. Lo que significa “consenso” es que cada nación tiene derecho a veto: 198 delegados pueden aceptar una medida, pero el 199 puede bloquearla. Los intereses más letales prevalecen, gracias al método. La única manera de resolver esos impasses es mediante un presidente decidido que imponga decisiones: insistiendo en que se ha alcanzado un consenso y esperando que nadie les diga que es un farol. No es fácil imaginarse a Al Jaber desempeñando este papel.

Desde que comenzó esta horrible farsa hace 31 años, mucha gente ha propuesto reformas. Las propuestas se dividen en tres categorías. Una es mejorar la forma en que se toman las decisiones por consenso. Por muy bien intencionado que sea, es inútil: puedes modificar el proceso, pero seguirá siendo disfuncional.

Otro enfoque es reemplazar la toma de decisiones por consenso con votaciones, una opción que permanece, en borrador, en las reglas de la ONU. La objeción obvia es que una mayoría impondría decisiones a otras naciones. Pero esto refleja una concepción estrecha de lo que podría lograrse con una votación. Hay muchas maneras de garantizar que todos puedan ser escuchados, sin depender de elecciones binarias toscas. Uno de los más prometedores es el recuento Borda , un método de toma de decisiones propuesto por primera vez en 1435.

El recuento Borda modificado desarrollado por el Instituto Borda parece especialmente útil. Primero, los delegados se ponen de acuerdo sobre cuáles son las cuestiones principales. Luego se convierten en una lista de opciones, sobre las cuales se pide a todos que estén de acuerdo (las opciones podrían ir desde la eliminación gradual inmediata de los combustibles fósiles hasta el Armagedón planetario). Las opciones se enumeran en una papeleta de votación y se pide a cada delegado que las clasifique en orden de preferencia. Un sistema de puntuación otorga puntos por cada clasificación. Cuantas más opciones clasifique un delegado, más puntos vale cada una para él. Esto permite tomar decisiones complejas sin excluir a nadie.

El tercer enfoque, que podría acompañar al segundo, es eludir el proceso de la COP mediante el desarrollo de nuevos tratados vinculantes. El profesor de política ambiental Anthony Burke sugiere un enfoque inspirado en el tratado de 2017 sobre la prohibición de las armas nucleares, la convención sobre la prohibición de las minas antipersonal de 1997 y la convención de 2008 sobre municiones de racimo. En estos casos, estados y grupos de ciudadanos frustrados por la falta de progreso comenzaron a redactar tratados sin la participación de las grandes potencias –Estados Unidos en particular– que se oponían. Consiguieron suficiente apoyo no sólo para impulsar los tratados a través de la Asamblea General de la ONU, sino también para establecer nuevas normas diplomáticas que hicieron que la oposición a los tratados fuera mucho más difícil de justificar, incluso para las naciones que se niegan a ratificarlos.

Burke propone tratados sobre deforestación y eliminación del carbón, y una versión más fuerte del tratado de no proliferación de combustibles fósiles que otros han desarrollado. Sugiere que si no obtienen inmediatamente el apoyo de la Asamblea General, pueden comenzar como tratados regionales, estableciendo, por ejemplo, zonas libres de deforestación. Sostiene que estos tratados deberían integrarse en una convención general sobre el efecto invernadero, respaldada por una Agencia Internacional del Clima, inspirada en la Agencia Internacional de Energía Atómica.

Independientemente de cómo lo hagamos, debemos acabar con el poder de las industrias devoradoras de la Tierra antes de que nos destruyan a nosotros. De lo contrario, seguiremos viendo cómo se desperdicia un año más y como otra de nuestras últimas oportunidades se quema y se marchita. Pronto no quedarán años.

Por: George Monbiot. Columnista de medio ambiente del diario británico The Guardian.

Tomado de: sinpermiso.info

Foto: huella-zero.org/

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