De la sala luminosa al patio multicolor: juventudes actuando frente a la movilidad humana forzada*

Por: Mariana Pinzón Cortés. Área de Energía y Justicia Climática de Censat Agua Viva

Entre el 17 y 18 de junio de 2023, cientos de estudiantes y profesores de colegios públicos de Amsterdam, Holanda, caminarán 40 kilómetros en solidaridad con los refugiados. La actividad comenzará a las 12 de la noche, el horario habitual en el que miles de africanos y habitantes del Oriente Medio atraviesan el país ,abandonando a sus familias y sus territorios debido a las dificultades, la escasez y la violencia en sus países resquebrajados. Lo hacen arriesgando sus vidas en busca de lugares  que les ofrezcan mejores oportunidades.

Esta misma situación se repite en todas partes del mundo, especialmente en la población más empobrecida, los que viven en el patio trasero del mundo desarrollado, como lo llamaría el escritor argentino Eduardo Galeano: zonas sacrificadas, esclavizadas, contaminadas, saqueadas en nombre del desarrollo y su respetado “libre crecimiento del capital”.

Este escenario de extrema miseria ha generado preocupación cuando las fronteras naturales, o los muros que se construyeron para mantener alejados a esos países “caóticos” y ocultos, no logran detener los ríos de gente desesperada que desde sus dispositivos importados vislumbran las comodidades, abundancia y sueños de ese norte iluminado.

Se trata de un fenómeno que no solo no se detiene, sino que se incrementa de manera preocupante. Solo en la frontera terrestre entre Panamá y Colombia, el paso ilegal de personas “mostró un aumento interanual del 86% con un total de 248.284 entradas irregulares. El número de encuentros en la frontera Suroeste (sic) de Estados Unidos aumentó 27% (total 2.577.669)”.

Y, ¿por qué ha aumentado la desesperación? Porque el saqueo continúa. Porque las políticas globales siguen favoreciendo a las grandes corporaciones que acaparan y contaminan. Y también porque la crisis climática se ha exacerbado, y con ella los eventos extremos que destruyen las formas de vida locales. Porque, a pesar de la historia, no ha habido un proceso de verdad y reparación adecuado.

Y es que lo que hemos vivido, y seguimos experimentando, es en realidad una guerra contra la vida, contra el agua, el aire, los territorios y la dignidad humana. Es una guerra en la que, a pesar de sus nefastas consecuencias, no se señala a los culpables ni se les exige detener sus ataques, menos aún responder por ellos. Lo que es peor, se siguen defendiendo sus armas: el temido y elitista desarrollo y su adicción insaciable a los combustibles fósiles.

En América Latina son los campesinos, negros, indígenas y los habitantes de las periferias urbanas quienes terminan recibiendo la mayoría de esta movilidad humana forzada, agudizada por causas climáticas. Este flujo ha transformado la cotidianidad de muchos territorios ahora dedicados al comercio informal, en otras esquinas trae discriminacion y rechazo. Paradójicamente los países décadas atrás abundantes, ahora son expulsores de sus habitantes a causa de políticas globales que valoran más su subsuelo y suelo, que las culturas y los ecosistemas que habitan sobre ellos. Es así como miles de personas, familias, menores deciden lanzarse al vacío migratorio, a trayectos sin ley, que no han sido reconocidos ni gestionados adecuadamente, y que están controlados por las mafias y el narcotráfico. 

Las noticias son múltiples, familias que reúnen sus ahorros y terminan estafadas, abandonadas en alguna ciudad intermedia latinoamericana. Relatos de aquellos que logran sobrevivir a la tenebrosa travesía del Tapón del Darién, frontera  entre Colombia y Panamá, una espesa selva controlada por traficantes que utilizan a estas personas como mulas para transportar droga. O aquellos que creen estar a punto de llegar a la meca del capitalismo, en la frontera entre  México y Estados Unidos, solo para caer en manos  de los agentes fronterizos  y su inhumano trato, donde todos son peligrosos criminales sin importar su edad, procedencia ni motivación.

Estas realidades particulares, estas tragedias humanas, terminan siendo una cifra más,  una estadística que, según las proyecciones, se triplica sin que parezca importarle a nadie. Durante el año 2021, el Centro de Monitoreo del Desplazamiento Interno documentó más de 1,6 millones de desplazamientos adicionales debido a desastres naturales en las Américas. Esta cifra se elevó a 4,5 millones en 2020. Según las proyecciones más sombrías del Banco Mundial, se estima que, para el año 2050, América Latina podría enfrentar hasta 17 millones de migrantes climáticos.

Aparentemente, estos son considerados como costos inevitables, de un sistema capitalista incuestionable e inamovible, que no asume ninguna responsabilidad por lo que está sucediendo. En el mejor de los casos, los Estados que reciben en tránsito o a permanencia a estas masas de personas en tránsito les dan la espalda; en el peor, los criminalizan a ellos o a quienes les ayudan. 

En este lado del mundo, el país receptor, considerado la cuna del “sueño americano”, juega un papel contradictorio. Además de criminalizar, acepta tácitamente la migración ilegal, haciendo caso omiso de los intermediarios sin escrúpulos y sus abusos, así como los muertos que ocurren durante las travesías para llegar al norte. Aquellos que logran superar la barrera se suman a la fila de la esclavitud moderna, y movilizan la economía con su alta explotación laboral y escasos beneficios. Se les permite dejar su patio trasero para permanecer en la sala de estar limpiando el piso, agachados, detrás de las luces del televisor. Todo para poder enviar las remesas económicas a sus familias que viven en precarias condiciones ante la falta de oportunidades en sus países de origen. 

El asunto de la migración es complejo, las reglas de juego han sido injustas por donde se miren. El intercambio económico y ecológicamente desigual, favorece a los países del norte global que compran bienes naturales baratos mientras fragmentan las economías de los países del sur global, despojan, contaminan y, al mismo tiempo, abren mercados para sus productos más rentables: ultraprocesados, transgénicos, agroquímicos, tecnologías, alimentos e incluso armas. De manera que las ganancias generadas por los migrantes terminan de nuevo en las manos del norte, mientras las inundaciones y sequías se acentúan, la desesperanza de las juventudes crece y con ellas sus deseos de migrar.

Por eso es un ejemplo destacable el ejercicio de los y las jóvenes holandesas, así como el de tantas y tantos otros que se movilizan por doquier contra las injusticias, incluso, en contextos adversos de violencia. Existe una realidad inhumana de personas que, en la oscuridad, a espaldas del mundo “desarrollado”, están poniendo en peligro su vida y dignidad. Este panorama no sólo debe ser visibilizado, sino también comprendido para exigir transformaciones drásticas en este sistema global que sigue creciendo en devastación e injusticia de manera masiva.

Entonces, de la misma manera en la que jóvenes del sur global se lanzan a un rumbo desconocido, los jóvenes del norte global tienen la responsabilidad de adentrarse en una travesía crítica que analice la forma como se ha construido su civilización y su papel en la crisis ambiental global; para que así, desde el mismo corazón del capitalismo y gracias a la conciencia y al grito de su juventud, desmantelen este sombrío sistema. 

La solidaridad entre la juventud de diferentes culturas debe prevalecer sobre el negocio de unos pocos que nos tienen al borde del colapso, y es por eso que deben exigir a sus Estados justicia frente al saqueo histórico que directa o indirectamente han permitido: redistribuir las vergonzosas riquezas, saldar las ridículas deudas y sus usureras tasas de crédito que ahorcan a los países “subdesarrollados”, responder por la deuda ecológica que sus sistemas han dejado en los países del sur global, detener las gabelas a las grandes corporaciones y a la quema de combustibles fósiles y sus catastróficas y científicamente comprobadas afectaciones sobre el clima del planeta. 

Bajo una conciencia global, las pantallas y sus relatos fantasmagóricos se apagarán y nos volveremos a volcar hacia los patios que ya no serán basureros traseros, sino espacios de vida multicolor. Nos miraremos mutuamente a los ojos, nos asombraremos ya no de esas luces que sacrifican territorios, sino, por el contrario, de la riqueza natural y cultural de cada territorio. Habremos dejado atrás la obsesión por contar y cuantificar, para centrarnos en aprender, reaprender, recuperar y crear una forma respetuosa de habitar esta esfera viva que flota en un inmenso universo y de la cual hacemos parte.

* Artículo escrito a partir de las reflexiones compartidas en la consulta organizada por la Plataforma de Cambio Climático y Migración (CMDP por sus siglas en inglés) con el apoyo de la Friedrich-Ebert Stiftung (FES), llevada a cabo del 11 al 13 de abril del 2023 en Ciudad de Panamá.

Fotos tomadas de:
• Foto 1: Cruzar el Darién https://n9.cl/9hmnx
• Foto 2: Vulneración a migrantes https://n9.cl/gt2ewb
• Foto 3: Desplazados climáticos https://n9.cl/e50l8g
• Foto 4: Programa piloto para facilitar la migración legal https://n9.cl/6ynkg

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