En la capital

Para que las lágrimas de Miriam se hagan miel sobre nuestras utopías

Suyapita cumplirá ocho años el 3 de febrero, día de la virgen. Su casa está allá arriba de ese cerro que parece que le hace cosquillas a la panza del cielo. Ella sube y baja corriendo la cuesta con princesa, una perra que tiene un montón de perritos. Antes iba con su mama al río, a dejarle comida a su papá a los trabajaderos, pero ya no van porque hay soldados y le disparan a la gente. A suyapita le dan miedo los soldados, menos Lucas, un tío de ella que es chafa, pero es bueno. Una noche antes de que apagaran el candil oyó que su papá decía, no, no la vamos a llevar porque a saber lo que puede pasar, mejor que se quede con la comadre. Nos vamos a ir oscuro, ni cuenta se va a dar, además están los otros cipotes y ahí se entretienen. Su mamá no contestó nada, es que a ellas les gusta andar juntas.

Suyapita sabía bien de qué estaban hablando porque en la última reunión, Chico les había dicho que iban a ir a la capital y que iba a ser bien matado, pero cómo, tenían que seguir luchando porque la compañera Berta merecía justicia y allá en la capital dicen que está la justicia. Siempre que hablan de la compañera Berta, doña Goya llora, y se limpia con un delantal. No sabemos qué va a pasar compañeros, pero hay que ir, porque además tenemos que pelear para que no nos vuelvan a zampar ese proyecto, ahí nomás vienen otra vez. Y cómo esa es la vida de la gente como nosotros, que luchamos, tenemos que seguir.

La gente grande cree que las niñas no ponen cuidado a lo que ellos dicen, pero suyapita tenia bien parada la oreja, a ella cuando decían la compañera Berta le daban grandes ganas de reír porque doña Bertita era bien chistosa, siempre le rascaba la cabeza y le decía ajá güirra, y no tenés piojos en ese colochero, y a veces le daba frutas que andaba en un gran mochilón. Además una vez se cayó y doña Bertita la fue a recoger y le dijo, vaya, mamita, ya está, las mujeres tenemos que ser fuertes, y le sobó la canilla un ratito.

Ella fue al velorio de doña Bertita, su mama lloraba mucho, y ella también porque cuando su mamá llora a ella le dan ganas de llorar, pero se consoló cuando su madrina le dijo que doña Bertita siempre la iba a cuidar aunque no la viera, que tenía que sentirla.

Suyapita estuvo toda la noche despierta porque no quería quedarse, ella iba a ir a la capital, porque si ahí estaba la justicia, pues había que ir por ella porque se ocupaba para doña Bertita. Se puso mentolina en los ojos, y se tomó una jarra de café bien fuerte, pero aún así cabeceaba. Cuando su mamá se levantó a echar unas tortillas para llevar, ya estaba bien sentada en un taburete al haz del fuego, con un cumbito de agua en la mano. Su mama no le dijo nada, sólo le puyó las costillas cuando pasó para afuera.

Durmió todo el camino, pero ya cuando llegaron se despertó, además ella quería conocer la capital. Había muchos carros, mucha gente y unas casas grandísimas y las pulperías también eran grandotas. Ahí se quedaron a dormir en una salotototota como una iglesia. Otras cipotas también andaban y se pusieron a jugar de vuelta de gato en las colchonetas y de escondite. Suyapa, oyó que le gritaban, ya en la mañana, ella salió de su escondite y fue donde su mama, venite, que ya nos vamos. Mirá vamos a caminar y el sol está perro, será que vas a aguantar o te querés quedar aquí. Jé, yo no me quedo, mama. Yo aguanto más que usted.

Así se fue de la mano de su mama y su papa, caminando con otro poco de gente, fueron a un lugar que le dijeron que era una como escuela grandísima, y había un montón de muchachos y muchachas que jugaban con ella. Su mama le consiguió unas tortillas con queso y a ella le cayeron bien porque tenía hambre y el sol ya estaba muy fuerte. Llegaron a un puesto donde pascualita se puso a prender candelas y otra gente que ella no conocía tocaron unos tambores y bailaban bien bonito. Había soldados y soldadas. Ella les tenía miedo, pero le fue dando como sueñito, verdad que te dije que te ibas a cansar le dijo su mama, y se la acomodó en sus piernas. Se estaba durmiendo con el olor del humo de pascualita, olía bien rico y estaba bajo la sombra de un palo a saber de qué. Será que en la capital los palos son de otra cosa porque ella no los conocía.

Suyapita no supo qué pasó, lo único es que de pronto el humo de pascualita empezó a oler bien feo y los ojos le picaban horrible, su mamá se paró corriendo y le apretó las manos, unos chorros de agua salían de alguna parte y la gente se caía. Ella no podía ver, le picaba la cara y para rascarse se soltó de su mama, se perdió. Gritaba, gritaba y se ahogaba con aquel humo y corría sin saber para donde, una muchacha la agarró de la mano, venite, venite…ella se le prendió. Se fueron corriendo y le gritaba a su mamá, tenía mucho miedo, sentía que el corazón se le iba a salir, y temblaba como cuando le dio la calentura del sarampión. La muchacha se cayó, volvió a quedar sola, otras cipotas también gritaban, pero ella no conocía a nadie. Una mujer gorda la chineó y le dijo, no llorés que ya vamos a buscar a tu mamá, y corrió con ella en los brazos, pero suyapita quería volver a su casa, y estar con princesa y sus chuchitos, con su mamá allá en el cerro y quería que eso pasara ya, ya. La mujer la bajó y le dijo, no te puedo cargar más porque pesás mucho, tenemos que correr juntas los policías nos vienen siguiendo. Ella miró para atrás y vio a unos hombres con unas cosas en las manos que le aventaban a la gente. miró a los muchachos de la escuela grande que chineaban a otros niños perdidos como ella, y a gente del COPINH ayudando otros. miró a doña Pascualita que vomitaba, y como que no podía respirar. Suyapita corrió más que la mujer gorda, esperame, le dijo, y se paró. Enfrente de ella había un río de carros que no terminaba y gente corriendo por todas partes, había mucha bulla, pensó en qué fea era la capital. La mujer gorda la agarró de la mano y le preguntó su nombre. Suyapa, compita, le dijo, tenés que ser valiente y estarte conmigo, yo te voy a llevar con tu mamá. Ella no la conocía, pero le creyó.

Caminaron y se encontraron con otra gente, una muchacha le dio una naranja, y otro le secó el pelo con un trapo. Todos la cuidaban, y ella quería ser valiente, pero quería llorar. Más gente llegó y en medio del gentío miró a su mama, corrió a abrazarla y su mamá lloraba y lloraba. Suyapita también. Todas estaban asustadas, pero se abrazaban y se juntaban, y después se reían de ellas mismas. La gente de la capital les dio confites a las niñas y al ratito se pusieron a jugar con unos botes que encontraron cerca de un basural.

Esa noche durmió cansada, allá en su casa, y todavía cuando cerraba los ojos, sentía que venían los policías tirándoles humo. Nunca supo si estaba ahí la justicia, porque seguro que en medio de todo el humo y la carrera, quien la iba a encontrar. El sueño finalmente la venció y soñó que estaba con los muchachos de la escuela grande jugando con un lazo, y que en un salto se caía y se raspaba la pierna, de ahí se levantaba buscando el camino para su casa, pero no lo encontraba. Entonces miró que enfrente de ella venía doña Bertita, con aquellos pañuelotes de flores que se ponía, oyendo un radio chiquito que siempre caminaba y le dijo, ajá guirra, no te aflijás que yo te llevo a tu casa.

Melissa Cardoza, octubre de represión, 2016

 

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