Encuentro de territorios en lucha Mujeres y jóvenes de las comunidades kichwa de Cotacachi hacia Intag

El mes pasado, la Escuela de Soberanía Alimentaria cerró sus actividades de formación con un intercambio a la zona de Intag para conocer la lucha de esta población en defensa de su territorio frente a la minería. Este intercambio fue organizado por el Instituto de Estudios Ecologistas del Tercer Mundo y el Comité Central de Mujeres de la UNORCAC (CCMU), en coordinación con el Consorcio Toisán. Fuimos un grupo de 35 entre jóvenes y mujeres de Cotacachi vinculados al CCMU de diversas edades.  En Intag nos encontramos con los y las compañeras del Consorcio Toisán, que hace más de veinte años vienen denunciando las amenazas de la minería en su territorio, la contaminación de suelos, agua, aire y alimentos, afectando la salud de las personas y sus fuentes de reproducción de la vida. Paralelamente a la lucha, las organizaciones en Intag promueven alternativas económicas colectivas relacionadas al turismo comunitario, la agricultura campesina, el procesamiento de alimentos y productos locales, alternativas energéticas, y otras.  Las mismas que pudimos conocer en nuestra visita.

La primera visita fue la casa del consorcio, donde Paúl nos contó la historia de la lucha por defensa de Intag que inicia en el 95´con el trabajo comprometido de varias organizaciones y actores sociales. El padre Giovanni Paz, Acción Ecológica, entre otras, fueron importantes en su compromiso y trabajo con la población, para el nacimiento de la DECOIN (Defensa y Conservación Ecológica e Intag). Silvia Quilumbango, miembro fundador de la DECOIN, analiza que gracias a la defensa de Intag sus habitantes pudieron enfrentar la pandemia con suficientes alimentos que garantizaron también la salud, y a la vez el apoyo solidario a través de donaciones de productos agrícolas a los sectores más necesitados del cantón.

El proceso de defensa de Intag es un referente local, nacional y global, de cómo la fuerza de las organizaciones campesinas genera claves importantísimas para construir autonomía y dignidad, frente a los embates del extractivismo que solo traen despojo y violencia. Luego, visitamos algunas de las alternativas ecológicas y económicas que sostienen sobre todo las mujeres de Intag, como son el uso de energías alternativas para la crianza de tilapias, el biogás y el procesamiento de helados con frutas locales de producción campesina.

Por último, recorrimos el bosque de Intag donde apreciamos su riquísima geografía, sus abundantes ríos, sus grandes árboles, sus aguas termales, la diversidad de pájaros, las chakras de las familias con plátano, yuca, fréjol, una gran variedad de frutales, sus animales, que junto con estas alternativas ecológicas conforman el sustento, raíz y proyecto de muchas de las familias. Intag se apostó a la defensa de la vida y de la naturaleza, y esta apuesta política y organizativa abre múltiples posibilidades sustentadas en la dignidad, la creatividad, la construcción de relaciones solidarias y afines y finalmente la posibilidad de existir.

 

Fuente: Agencia Tegantai

Escuela Obrera Campesina Internacional Francisco Morazán

Luego de la caída de la Unión Soviética, y la asunción de gobiernos neoliberales en Latinoamérica, la soberanía de los pueblos se vio amenazada por la imposición de un modelo de desarrollo más desigual e inhumano. Para la República de Nicaragua representó un reto resistir tal arremetida política y comercial. A tal situación era necesario organizar y promover modelos de vida acorde a las realidad de la región, y para el año de 1992 surge la organización de base “Vía Campesina”. Cuyo objetivo en primera instancia es la educación y formación de nuevos hombres y mujeres al servicio de la justicia social. Y es así que para el año 2000 fundan las escuelas en la región Latinoamérica y el Caribe, formando a líderes y lideresas. En el año 2004 se inició fuertemente el trabajo de formación política-ideológica y técnica-vocacional.

Ya para el año 2007 con la nueva etapa de la Revolución Popular Sandinista nace la “Escuela Obrera Campesina Internacional Francisco Morazán”, formalmente y bajo el pensamiento revolucionario libertador de Morazán, de Sandino, para la unidad de los pueblos; pensando en nuevos sueños, en creer en estados que restituyan los derechos a los campesinos y campesinas, obreras y obreros trabajadores del campo.  

La escuela cuenta con talleres de formación para promotores del cambio social y trabajadores del campo de Latinoamérica que vienen a formarse en estas instalaciones, comprometidos con la justicia social, para crear pueblos soberanos, pueblos solidarios, en esta Latinoamérica. Su filosofía se basa en la educación popular, eje transformador que adopta la filosofía de género, así como la generacional. También promueve la formación política ideológica integral con enfoque de equidad entre hombres y mujeres, en sus contenidos y en la práctica cotidiana de las organizaciones campesinas. El compromiso de la “Escuela Obrera Campesina Internacional Francisco Morazán” es con la agroecología, la soberanía alimentaria, fortaleciendo la paz y la estabilidad, ya que estas son las bases del progreso y la justicia social.

Redacción Radio Temblor Internacional

Fuente: Radio Temblor

Técnicas escénicas para fortalecer la comunicación comunitaria

Autora: Ana María Donoso

El 2 de diciembre se llevó a cabo, en la organización Comité Central de Mujeres de la UNORCAC, Cotacachi, con el apoyo del Instituto de Estudios Ecologistas del Tercer Mundo y Acción Ecológica el taller “ técnicas escénicas para fortalecer la comunicación comunitaria, facilitado por Felipe Bonilla.

Las técnicas del teatro espontáneo terapéutico d de facilitan procesos de transformación social a través de dinámicas que llevan a los y las participantes a una reflexión profunda sobre sí mismo y sus formas de relacionarse con los demás. Este trabajo implica una mirada sobre la manera de encuentro al interior de los grupos y las relaciones que se establecen. Además, el taller enfatizó necesidades que manifestaron las compañeras en relación a adquirir herramientas para desenvolverse mejor en espacios políticos dentro de sus papeles como dirigentes y la necesidad de comunicar mensajes más adecuados para ellas y potentes en estos contextos.

El taller contó con 15 participantes jóvenes y mujeres kichwa vinculadas a la organización y participantes de la Escuela de Soberanía Alimentaria. La misma que tuvo como uno de sus componentes prácticos, un proceso de formación de la comunicación comunitaria para el fortalecimiento de la organización. En esta última etapa de acompañamiento, los y las participantes contarán con técnicas concretas para apoyar en la difusión de las acciones del CCMU, en torno a la soberanía alimentaria y otros ejes en los que actúa.

La comunicación es un medio vital para contribuir a fortalecer el tejido organizativo y las acciones de la autodeterminación e interculturalidad, de la defensa de los derechos humanos y de la naturaleza, de las garantías para la agricultura familiar campesina y la soberanía alimentaria.

 

Fuente: agencia Tegantai

La agricultura regenerativa aumenta las cosechas y restaura la naturaleza

Parada en su maizal en el estado de Chiapas, rodeada por montañas y selvas secas, María Luisa Gordillo Mendoza parece preocupada. “Dijeron que éramos unos cerdos por sembrar así”, dice de la reacción de otros agricultores ante sus campos cubiertos con hojas de maíz y salpicados de palos larguiruchos.

Sin embargo, el poco ortodoxo método de siembra de Mendoza en Chiapas, en el sureste de México, está ganando reconocimiento por restaurar la salud de los suelos, además de generar más dinero para los agricultores, sumando tierra para la conservación y almacenando carbono en el terreno.

Tradicionalmente, dice Mendoza, los productores de la región limpiaban sus campos al prepararlos para plantar, quemando los rastrojos que quedaban en el suelo y rociando agroquímicos: herbicidas para matar las hierbas y fertilizantes para mejorar los cultivos.

“Mi papá me enseñó lo mismo —dice Mendoza a Mongabay—, pero mi parcela se hizo muy pobre, tan pobre que se puso arenosa y dura, así que el maíz, si acaso crecía, no daba mucho”.

La caída en la productividad del terreno de Mendoza refleja una tendencia mayor en el Corredor Seco de América Central, la región de bosque tropical seco que va de Chiapas a Panamá. Ahí las cosechas escasas y la alta inseguridad alimentaria, vinculadas con el cambio climático y con la degradación del suelo, son algunos de los principales impulsores de la deforestación, según un informe de 2019.

Mendoza afirma que en un año con buenas lluvias cosecharía a lo mejor 2.5 toneladas por hectárea. Algunas veces las secas terminaron con toda la cosecha de su padre, recuerda, obligando a la familia a sobrevivir buscando plátanos y fruta de pan, un producto que usaban los mayas antiguos. Estos días, sin embargo, con asistencia técnica y trabajando para mejorar la salud de los suelos, sus cosechas de maíz han aumentado hasta 8.5 toneladas por hectárea.

“Por el subsuelo hoy hay agua suficiente ahí abajo inclusive tras cuarenta días de sequía”, dice Mendoza señalando sus campos salpicados de verde.

Estudios en campo

“El maíz en particular es uno de los productos más dañinos para los recursos naturales, principalmente por su manejo y porque algunos programas de gobierno han animado la destrucción de los recursos naturales”, dice Walter López Báez, coordinador en Chiapas y director de vinculación del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP) del gobierno mexicano.

Báez, que ha trabajado con agricultores en la región por más de treinta años, cuenta a Mongabay que, aunque la productividad de las cosechas inicialmente aumentó después de que en los años cuarente se impulsó la Revolución verde en México —un modelo productivo que promovía variedades de alta productividad y el uso de fertilizantes y pesticidas químicos—, las cosechas empezaron a caer hace unos veinte años, a pesar del uso intensivo y continuado de agroquímicos.

En 2010 el INIFAP trabajó con The Nature Conservancy (TNC) para analizar 300 parcelas en Chiapas —entre ellas la de Mendoza— y encontraron que los suelos tenían altos niveles de acidez y de aluminio, que les faltaban nutrientes y que estaban altamente compactados por los tractores. Esto implicaba que las raíces no podían ir hondo, creando problemas de drenaje. Todos ello, según Báez, signos de un mal manejo del suelo.

“Los productores decían que el suelo estaba cansado”, dice Báez. “Es agricultura extractiva en la que no le devuelves nada al suelo, a diferencia de lo que pasa en los bosques”.

Con base en investigaciones en Guatemala y Honduras, el equipo empezó a experimentar con la siembra intercalada de maíz con especies que ayudan a los suelos a recuperarse, concentrándose en dos de ellas que son clave: la legumbre rastrera canavalia —conocida en el sureste de México como frijol espada— y la guama (Inga edulis), un árbol leguminoso.

Esta práctica es parte de la agroforestería, un sistema agrícola que combina los árboles con el cultivo de productos agrícolas y la cría de ganado, que no solamente produce alimentos, sino que sostiene la biodiversidad, acumula contenidos orgánicos en los suelos, aumenta los niveles de agua y captura carbono de la atmósfera.

Tanto la guama como la canavalia son parte de la familia de las fabáceas, de los frijoles, y como tales tienen raíces que fijan nitrógeno en el suelo. También crecen con rapidez, haciéndolas una “fábrica permanente de biomasa”, ofreciendo cobertura orgánica en la superficie del terreno que mantiene la humedad del suelo, rompe los nutrientes para otras plantas y previene el crecimiento de malezas, reduciendo con ello la necesidad de herbicidas.

Investigaciones muestran que usar métodos tradicionales llevó a una cosecha promedio de 3.5 toneladas por hectáreas, con una inversión de alrededor de 17,000 pesos (unos 865 dólares) por hectárea, según dijo Báez a Mongabay. Sin embargo, una inversión adicional de entre 6,000 y 9,500 pesos (312 y 480 dólares) por hectárea podría llevar las cosechas a hasta siete toneladas por hectárea en el primer año y mantener ese nivel constante en adelante.

Si bien este aumento en los ingresos es importante para los productores, Báez dice que también tiene beneficios comunitarios mayores: aumenta la disponibilidad de agua, reduce las partículas que flotan en el aire y salen de los incendios y capturan más carbono de la atmósfera. Adicionalmente, el INIFAP encontró que los métodos regenerativos alivian los suelos compactados, permitiendo que la humedad penetre más hondo en el suelo inclusive durante las sequías.

Conectando producción y conservación

“En un bosque hay mucha biodiversidad y, sin embargo, no hay fertilización química, no hay control, no hay uso de insecticidas ni de herbicidas, y el bosque es súper productivo y resiliente”, dice Alejandro Hernández, coordinador de TNC en Chiapas, alguien que ha trabajado en temas de conservación con comunidades en la región por más de cuarenta años. “Estamos copiando el modelo del bosque y aplicándolo usando sistemas agroforestales”.

Chiapas es el segundo estado más biodiverso de México y aporta el 30% del agua dulce del país, de forma que usar la agroforestería aquí se hace igualmente importante, según cuenta Hernández a Mongabay. Apunta que las emisiones de gases de efecto invernadero en el norte industrializado de México vienen principalmente de la industria y vehículos automotores, mientras que en el sur los principales emisores son la agricultura y la cría de ganado. En Chiapas, el 55% de los bosques del estado han sido desmontados para sembrar productos agrícolas o forrajeros.

Hernández dice que sistemas ineficientes de producción empujan a los productores y ganaderos ya sea a abandonar sus campos o a desmontar más terrenos forestales para tener tierra. Esto no resuelve el problema, dice, pues mantener estas malas prácticas solamente aumentan la necesidad de que haya más tierra después de apenas unos años, poniendo presión sobre los bosques restantes.

La solución requiere que los agricultores y ganaderos sean aliados, más que amenazas, dice Hernández. Al trabajar juntos con conservacionistas para encontrar modelos que sean económicamente atractivos para los productores, dice, los temas de seguridad hídrica y alimentaria podrían enfrentarse mientras que se puede detener la expansión agrícola hacia los bosques y restaurar los bosques perdidos.

“Creo que genera más empatía entre ambos lados, porque no estamos peleando”, dice Hernández. “Si lo hacemos bien habremos liberado para la restauración áreas en zonas marginales que no son buenas para la agricultura”.

En Chiapas TNC planean llevar a una escala masiva estos impactos a través de Visión 2030, una hoja de ruta para incorporar 2.5 millones de hectáreas de tierra a esquemas de agricultura y ganadería sustentables para 2030, además de restaurar o reforestar 1.4 millones de hectáreas de tierra. Además del maíz, el proyecto también se concentra en frijol y café, que crecen en muchas áreas del estado.

La iniciativa busca construir una amplia alianza. El fondo de cambio climático de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) aporta 340,000 dólares para el proyecto, mientras que el INIFAP aporta 150,000 dólares y TNC asegura fondos de su campaña internacional Planta mil millones de árboles.

Visión 2030 también formará parte de iniciativas más amplias por toda América Latina, como la estrategia de Agricultura y Ganadería Regenerativas, que logró restaurar cinco millones de hectáreas de suelos degradados y capturar 550 millones de toneladas de carbono en Argentina, Brasil y Colombia entre 2018 y 2020.

Las implicaciones climáticas

Un informe de la Convención de Naciones Unidas para Combatir la Desertificación muestra que la restauración de tierras puede ser una solución costeable para múltiples temas, incluyendo el cambio climático, la conservación de la biodiversidad y la migración forzada. Publicado en abril de 2022, el informe Global Land Outlook 2 anota que la salud de los suelos y la biodiversidad son las bases de las sociedades y las economías, y que más o menos 44 mil millones de dólares en productos y servicios económicos —más de la mitad del PIB global— depende en forma alta o moderada del capital natural.

“La tierra es realmente un tema que se pasa por alto, cuando probablemente debería ser el que más atención recibe, porque es donde vivimos”, dice Miriam Medel, la jefa de relaciones externas, política y defensa de la Convención, que lideró la producción del reporte. “La tierra —señala— es lo que conecta la biodiversidad y el cambio climático y los seres humanos con la naturaleza”.

Hablando con Mongabay en el lanzamiento del informe, Medel dijo que sus hallazgos mostraron que el 99 % de los recursos que los humanos usan vienen de la tierra y que el 99 % de las calorías que consumimos, inclusive si se las limitara solamente al pescado, vendrían de la tierra de una u otra forma.

El informe sobre la tierra también dice que, cuando se apoya en las políticas y regulaciones correctas, la salud mejorada del suelo puede aumentar no solamente la productividad y la biodiversidad en tierra, sino también la cantidad total de carbono capturado.

Llevar las soluciones a otra escala

La vista de suelos desnudos y de agricultores trabajando en sus campos con tanques de herbicidas en la espalda es todavía común en Chiapas, y si bien la Visión 2030 ofrece un mapa para un sistema alimentario positivo para la naturaleza en el estado, todavía queda un largo trecho por recorrer para llegar a las metas de 2030: solamente 200 hectáreas de maíz están bajo agricultura regenerativa, de las 700,000 hectáreas de producción convencional.

Con todo, más comunidades ya se unen a la iniciativa Visión 2030. En el municipio de Tiltepec el consejo comunitario decidió proteger y restaurar el total de la cuenca de 3,000 hectáreas, prohibiendo la quema de campos e implementando técnicas de agricultura regenerativa. Las cosechas aumentaron de 1.5 toneladas a cinco toneladas en el primer año. La comunidad espera pronto aumentar a ocho toneladas por hectárea.

Los eventos globales también han llevado a los productores a buscar alternativas. Los productores en Chiapas ya sentían el golpe del aumento de los precios de los fertilizantes en años recientes, del que se culpa a la crisis energética. La guerra de Rusia en Ucrania, entre dos de los principales productores de fertilizantes, ha restringido los insumos aún más, llevando a que se tripliquen los precios de los químicos en el mercado mexicano.

El valor de dejar atrás los insumos agroquímicos es cada vez más reconocido. Un estudio de 2018 en Estados Unidos mostró que los campos de maíz regenerativos generan casi el doble de utilidades que los manejados en forma convencional, en gran medida porque el cultivo de coberturas basadas en leguminosas puede reducir los costos de fertilizantes, que son en torno al 32 % de los ingresos de los campos convencionales, frente al 12 % de los campos regenerativos.

Un estudio publicado este año en la revista académica Nature Sustainability también muestra que el uso de procesos ecológicos para remplazar insumos producidos por el ser humano, como los pesticidas y fertilizantes, puede mantener o aumentar la producción de alimentos, al tiempo que reducen los costos ambientales y de insumos económicos.

“Tanto nosotros como técnicos como para ellos como productores, debemos desaprender muchas cosas”, dice Báez. “Fue muy difícil para mí dejar ir muchas cosas que aprendí en la universidad, donde nos enseñaban mucha química, y para ellos en tanto productores todo lo que aprendieron de sus padres. Estamos repensando mucho conocimiento”.

* Imagen principal: La leguminosa rastrera Canavalia y el árbol Inga edulis ayudan a agregar biomasa al suelo en el campo de Mendoza, además de aumentar la humedad del suelo y prevenir las malezas, lo que limita la necesidad de herbicidas. Imagen de Dimitri Selibas.

Fuentes:

LaCanne, C. E., & Lundgren, J. G. (2018). Regenerative agriculture: Merging farming and natural resource conservation profitably. PeerJ, 6, e4428. doi:10.7717/peerj.4428

MacLaren, C., Mead, A., van Balen, D., Claessens, L., Etana, A., de Haan, J., … Storkey, J. (2022). Long-term evidence for ecological intensification as a pathway to sustainable agriculture. Nature Sustainability. doi:10.1038/s41893-022-00911-x

Artículo original: https://news.mongabay.com/2022/08/regenerative-agriculture-in-mexico-boosts-yields-while-restoring-nature/

Publicado originalmente en Mongabay Latam

Por: Dimitri Selibas

Foto: Olmedo Carrasquilla Águila

Tomado de: desinformemonos.org

 

Fuente: Radio Temblor

«Los alimentos locales son nutricionalmente más valiosos que los industriales»

Las Escuelas de Promotorxs de Alimentación Sana, Segura y Soberana recuperan los saberes ancestrales, campesinos e indígenas para revalorizar las comidas de cada territorio. Una forma de construir alternativas al modelo de productos ultraprocesados impuesto por los supermercados y la agroindustria. Educación popular, agroecología y soberanía alimentaria.

Vori vori- reviro, mbeju, yopará, pindó, jugo de pindó, pitanga, guabiroba, jabuticaba, chipa so’o, chipa guazu. Todas palabras que nombran alimentos que resisten a las lógicas coloniales e industriales de homogeneización de la comida. Esos platos viven en la memoria de los pueblos que aún los preparan y que con ellos se identifican. Visibilizar y socializar esas comidas es uno de los principales objetivos de las Escuelas de Promotorxs de Alimentación Sana, Segura y Soberana. La experiencia es un espacio de formación de tres meses que, desde junio, ya pasó por La Plata, Piray (Misiones), Fraile Pintado (Jujuy) y Mar del Plata.

El antecedente directo de esta experiencia fue una serie de encuentros sobre alimentación desarrollados por la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT) durante 2021 en la localidad de Olmos (parte del cinturón hortícola platense). De esas instancias participaron 50 productoras y productores hortícolas y floricultores de la zona. También asistieron organizaciones barriales, comedores y merenderos. De esa manera se empezó a dar forma a la nacionalización del Área de Alimentación de UTT, para que llegue al resto de las provincias desde una mirada campesina y federal. En ese marco, nacieron las Escuelas de Promotorxs de Alimentación Sana, Segura y Soberana, que comenzaron a viajar hacia el norte del país y hacia la costa atlántica bonaerense, con el apoyo de la Fundación Rosa Luxemburgo.

Identidades y memoria en cada plato

La Escuela es un espacio de formación itinerante que consta de tres encuentros mensuales de dos jornadas completas. En ellos se trabajan distintas temáticas: nutrición, salud, la vinculación entre producción de alimentos y consumo, cuestiones de género y cuidados, derechos y soberanía alimentaria. El recorrido enhebra las identidades y saberes de cada pueblo en relación a la cocina y la historia de la alimentación en su territorio. La clave es la educación popular y participativa. En cada encuentro se cocina, se trabaja en equipo, se sale a caminar por los campos cercanos para reconocer plantas y flores comestibles propias de cada lugar.

Nuria Caimmi, integrante de la UTT que se formó en la primera escuela desarrollada en La Plata y que hoy es docente, comenta: «La propuesta principal es recuperar los alimentos como un espacio de disputa política al modelo agroalimentario excluyente y colonizador que no nos nutre y sí nos enferma». Se apunta a la revalorización de cada economía regional como una forma de poner en primer plano los saberes y los consumos locales, mediante la formación de promotoras y promotores de la alimentación en cada territorio.

Al principio de cada encuentro se suele notar la baja participación oral de los asistentes, les cuesta tomar la palabra. Caimmi explica: «Muchos sujetos, como el productor hortícola o el campesino, se han deslegitimado de sus saberes». Pero, finalmente, terminan mostrando con orgullo sus alimentos y su potencial histórico y nutricional.  

El Área de Alimentación de la UTT está conformada por productoras y productores agroecológicos y por integrantes con otros saberes, como nutrición o antropología. La Escuela cuenta con siete docentes y, en promedio, a cada clase asisten entre 30 y 40 personas. Las clases se desarrollan en la sede de cada base campesina, por ejemplo en la base de Fraile Pintado, pero también asiste gente desde otros lugares. En el caso de Misiones y Jujuy viajan desde diversas provincias para participar.

Los momentos más potentes se dan a la hora de compartir las comidas regionales, andinas y del litoral, así como en el intercambio de semillas. Los saberes se combinan con la recuperación del valor de la alimentación desde todos los sentidos: contar relatos, escuchar, probar, tocar, oler. La pluralidad de formas de cocinar aquello que sale de la tierra se vincula con las tradiciones familiares y regionales.

A la recuperación de identidades e historias ancestrales en torno a la comida se suma la puesta en valor de la agroecología como un paradigma de resistencia al modelo agroalimentario. Este horizonte permite promover el consumo de la producción agrícola propia como una puesta en jaque a los productos que elaboran las grandes empresas. «Los alimentos locales son nutricionalmente más valiosos que los industriales», afirma Caimmi. Además de ella, el equipo docente está conformado por Gloria Sammartino, Magaly Sánchez, Elina Figueroa, Estela Miranda y Zaida Rocabado. También participan nutricionistas de la Universidad de Buenos Aires que colaboran con el Área de Alimentación de la UTT.

Saberes y sabores colonizados

El viaje desde La Plata a otros lugares permitió al Área de Alimentación de la UTT encontrarse con la vitalidad de esas economías regionales, de sus alimentos y de las historias que encarna. En Misiones se trabajó con cuatro comunidades Mbya-Guaraní de la zona de Delicia, Puerto Libertad y Puerto Esperanza, en el norte de la provincia: Aguaray Miri, Ysyry, Renacer y Andrés Guacurarí. «Sus integrantes comentaban que nunca le habían comunicado a alguien no indígena la importancia de sus alimentos», recuerda Caimmi.

En cada comida viven las lenguas que el colonialismo fue arrasando. Para quienes participaron de la Escuela en Misiones fue muy conmovedor escuchar a las comunidades, porque había alimentos que a ellas les avergonzaba contar. Por ejemplo, algunas larvas que crecen en las palmeras nativas Pindó. A la timidez de los primeros momentos le siguió una instancia donde las propias comunidades pudieron enseñar sus comidas tradicionales en su idioma.

Durante los encuentros se valorizó la importancia nutricional e histórica de esos alimentos, que también simbolizan la resistencia frente al monocultivo de árboles que arrasa con el monte misionero. «Este maíz que traemos representa nuestra identidad. Levantás la vista y es todo pino, pero acá en la comunidad seguimos haciendo el mismo maíz que nuestros abuelos, por eso lo importante que los chicos lo sepan», subraya Clayton Duarte, cacique de la comunidad Renacer. Mientras empresas forestales como Arauco avanzan con sus plantaciones, el campo se ve cada vez más despojado, incluso de los alimentos que tradicionalmente nutren a los pueblos indígenas de la zona.

Tras las clases, las comunidades pidieron hacer un recetario de sus propias comidas. «La escuela fue un caldero donde se gestaron ideas sobre el alimento y sobre todo lo que se entrevera con eso: la historia, la memoria y el valor nutricional, aquello de lo que la industria nos ha despojado», dice Caimmi.

En Jujuy la experiencia pedagógica estuvo atravesada por la tradición migrante boliviana. Allí se socializaron la sopa de maní o de quinoa, el locro, el charqui, el mote, diferentes picantes, la calapurca cocida con piedras ardientes, la sopa majada, el anchi, la mazamorra, la sopalpilla o la chicha. En medio de esa mezcla de sabores, de esa combinación de frutos de la tierra, Caimmi sostiene: «Nos gusta pensar a las cocinas como una resistencia al modelo colonial en general, hay muchos saberes que fueron desplazados por creer que había un ideal de comida y de homogeneización. Por eso nos interesa recuperar esa economía regional, esa particularidad, la trayectoria migrante y alimentaria de cada familia».

Educación popular y agroecología en las aulas

Magaly Sánchez, docente de la Escuela y productora platense, explica que se capacitaron con cocineros, antropólogos y nutricionistas «para usar nuestras propias verduras y combinar nuestros alimentos». Su compañera Estela Miranda —también docente y productora— valora que las compañeras repliquen lo aprendido. «Me llena de satisfacción mostrar la variedad de formas de cocinar que existen usando las legumbres y las verduras y también aprender de otras comidas típicas que se van perdiendo por falta de tiempo para prepararlas», señala. 

Elizabeth Ordoñez, alumna y productora de Mar del Plata, afirma que en la Escuela aprendió a elaborar comidas nuevas y a compartir con sus compañeros. También se informó sobre la importancia del etiquetado de alimentos, una medida que ya es Ley y transita el complejo camino de su implementación ante el lobby empresarial.

Deolinda Ivana Cano Mamani, alumna de la Escuela de Promotorxs y productora marplatense, aduce que las clases superaron sus expectativas. «Las compañeras fueron muy didácticas y trabajamos en equipo. Me gustaron las ideas, las actividades, expresar e intercambiar ideas», explicita. Destaca que la participación unió más al grupo de campesinos y añade: «Como productores de campo estamos ligados a la alimentación, por eso me encantó todo lo que aprendí. Me gustaría que se sigan haciendo los talleres y conocer sobre más alimentación y nutrición».

En cada clase no solo se cocina, sino que también se toman fibrones y cartulinas y se dibuja lo aprendido. Una de esas estrategias implica la elaboración de un mapeo alimentario donde se registran aquellos platos que preparaban las abuelas o que se olían y degustaban en las fiestas del pueblo. También se dibuja un cuerpo humano, en el que se marcan los problemas de salud más comunes en adultos y niños, cuáles se registran hoy y cuáles habían antes. Además, en un mapa, se localizan las producciones en territorio. La propuesta es hilar lo que se produce y revalorizar las comidas regionales y comparar los nutrientes que aportan en relación a los alimentos ultraprocesados.

Gloria Sanmartino es antropóloga, docente de la Escuela de Alimentación e integra el Área de Alimentación de la UTT. Relata que, en la previa a lo que después sería la Escuela, iban a las quintas agroecológica con los estudiantes y compartían muchas comidas. De ahí salió la idea de hacer conservas y un recetario. Agrega que, de la mano de todas estas experiencias, se trabajó desde la educación popular para apuntalar el derecho a la alimentación, la soberanía alimentaria, cuestiones nutricionales, género y agroecología.

La propuesta política de la agroecología emerge, a través de la Escuela, en el plano educativo: los conocimientos no se producen vertical sino horizontalmente, «de campesino a campesino». La experiencia se caracteriza por su anclaje situado y por recuperar los saberes de las personas acerca de los alimentos propios de su historia y geografía. Las antropólogas y nutricionistas que participan también son parte de esa lógica: todas las intervenciones están en pie de igualdad.

A contramano de una forma de educación brindada desde arriba hacia abajo, la idea es construir el conocimiento entre todas y todos los participantes. No se trata solo de poner en palabras algunas recetas, sino de problematizar la comida en relación con el cuidado de la salud y con el territorio de cada producción.

Publicado originalmente en Agencia Tierra Viva

Autora: Mariángeles Guerrero

Tomado de: desinformemonos.org

 

Fuente: Radio Temblor