Urbanismo ecológico: una fuente de posibilidades

Decía el filósofo francés Henri Lefebvre que el espacio social contiene no solo objetos sociales y naturales a través de los cuales se facilita el intercambio de información y cosas, sino también relaciones interpersonales. Cuando hablamos de urbanismo, por tanto, nos referimos no al simple estudio de calles, puentes o parques, sino a cómo los elementos citadinos interactúan entre ellos, y a su capacidad de construir subjetividades a la vez que son influidos por el componente humano.

En un planeta amenazado por la emergencia climática, donde el 55% de la población vive en entornos urbanos y se prevé que la cifra aumente al 68% para el año 2050, según la los cálculos de la ONU, analizar los peligros y potencialidades de las ciudades como espacios donde se produzca una adaptación a los peores efectos del cambio climático, y donde se desarrollen asimismo estrategias de mitigación, es irrenunciable si queremos proteger a la ciudadanía y fomentar relaciones saludables entre personas, con otros seres vivos y el medio ambiente.

Peligros y soluciones

El IPCC (Panel Intergubernamental de Cambio Climático de las Naciones Unidas) ha advertido de las carencias existentes en todas las regiones del mundo respecto a la adaptación a los retos climáticos, si bien los riesgos son mayores en los asentamientos que crecen descontroladamente, especialmente en los países denominados subdesarrollados. Entre los peligros que cita se hallan la sequía y las inundaciones –que pueden contribuir a la insalubridad del agua para el consumo humano–, o las subidas del nivel del mar proyectadas para los próximos años. Sin embargo, este organismo también señala las oportunidades para la acción, resumidas en iniciativas que pasan por la construcción de infraestructuras y las intervenciones socioculturales y basadas en la naturaleza. 

En el primer grupo, se encontraría el sistema de diques elaborado en Nueva Orleans tras el huracán Katrina (2005), que ha evitado catástrofes similares a las más de 1.300 muertes de entonces, o los centros de refrigeración que California ha abierto para que la población vulnerable los utilice como refugio durante las olas de calor. En el segundo entrarían la recuperación de manglares y marismas; el “plan de retirada” delineado por el ambientólogo Andreu Escrivà –es decir, abandonar las costas, renunciar a hoteles y viviendas–; o permitir una planificación participativa de los espacios que abrace saberes locales e indígenas, pues a menudo es la gente que vive en él la que mejor conoce el territorio.

A pesar de las carencias subrayadas por el IPCC, muchas ciudades están coordinando sus propuestas y estableciendo redes de apoyo y conocimiento. Es el caso del colectivo C40, una red mundial de 96 urbes organizadas en torno a multitud de grupos temáticos de trabajo: calidad del aire, transporte, energía, etc. Catorce de ellas –entre las que se encuentra Barcelona, la única española– se han unido para aupar una gestión más inteligente de los sistemas alimentarios, lo cual conlleva objetivos como promover la agricultura orgánica, las dietas vegetarianas y eliminar un 50% del desperdicio de comida.

Iniciativas estrella 

A nivel nacional, la Red Española de Ciudades por el Clima, creada en 2005 y que actualmente cuenta con el respaldo del Ministerio para la Transición Ecológica, es otro ejemplo de colaboración de núcleos locales. Entre sus numerosas iniciativas destaca el informe Proyectos de Absorción, que detalla los planes de cuatro ayuntamientos (Logroño; Ejea de los Caballeros, Zaragoza; Murcia; y Calvià, Baleares) para llevar a cabo la reforestación de sendas áreas urbanas en treinta años. Plantar árboles, siempre que sean especies autóctonas y bajo el compromiso de regarlos y cuidarlos después, parece una de las soluciones más evidentes. 

De hecho, un estudio publicado recientemente en The Lancet realizado en 93 ciudades europeas estimaba que se habían producido 6.700 muertes en el año 2015 debido al efecto isla de calor, a saber, las altas temperaturas que alcanzan y multiplican las superficies de asfalto y hormigón. Sus autores demostraban cómo un aumento del arbolado urbano en un 30% podría disminuir los decesos en un tercio. Aunque los milagros no existan, a veces solo hace falta voluntad política para lograr mejorías en la calidad de vida de las personas, obteniendo también resultados notables en la lucha contra el cambio climático. El caso de París es significativo: su alcaldesa, Anne Hidalgo, articuló parte de su campaña de reelección sobre la creación de la llamada Ciudad de los 15 minutos, una propuesta que consiste en fortalecer los barrios de la capital francesa para reducir el estrés y las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) a base de satisfacer las necesidades de la gente en un radio de un cuarto de hora a pie o en bicicleta. Las áreas que quedarían cubiertas serían: la vivienda, el trabajo, la alimentación, la educación, el disfrute y los cuidados (residencias, guarderías, centros de salud). 

Este proyecto, que ya se da en lugares como Melbourne y Copenhague, cuenta en París con el liderazgo del profesor Carlos Moreno, quien acuñó el término “crono-urbanismo” basándose en la hipótesis de que la calidad de vida urbana es inversamente proporcional a la cantidad de tiempo invertido en el transporte. Además, Hidalgo quiere remodelar los emblemáticos Campos Elíseos. Quien haya leído a Proust recordará los entrañables paseos de sus personajes por este bulevar, ahora convertido en trampa para turistas y vehículos; pues bien, para 2030 habrán desaparecido la mitad de los coches y aumentado la superficie vegetal, según un plan cuya primera fase estará concluida en 2024.

Pero no es occidente el único mapa que se reinventa. En China popularizaron el concepto Ciudad esponja, que se transformó en políticas concretas tras las inundaciones de Beijing en 2012. La idea es sencilla: instalar superficies con vegetación que puedan absorber grandes cantidades de lluvia. Esto incluye parques, pero también arriates, tejados y fachadas verdes que disminuyan los espacios anegados y depuren un caudal que, de otra manera, contaminaría ríos o las fuentes de agua potable. Un ejemplo de urbanismo que sigue dichos postulados lo tenemos en Singapur, donde se construyó el parque Bishan-Ang Mo Kio sobre lo que antiguamente era un canal de drenaje hecho de asfalto. El parque recibe al año seis millones de visitas y, además de contribuir a la salud mental de la ciudadanía, está diseñado para recoger las aguas sobrantes de las tormentas sin causar daños. Lo mismo ocurre en Nueva York con los llamados “jardines de lluvia”, microparques situados en las aceras que previenen los encharcamientos y retienen la humedad.

La City, precisamente, ostenta uno de los tejados verdes más famosos, el del Centro Javits, caso claro de arquitectura “esponja”. Desde que se pobló de flora de distintos tipos, a partir de 2014, se ha reducido la temperatura del edificio en unos 3ºC, lo cual se traduce en un 26% menos de gasto energético (aire acondicionado) y tres millones de dólares ahorrados, aparte de su efecto succionador de agua y carbono. Por si fuera poco, ahora pueden observarse 25 especies de aves y, entre sus vericuetos, habitan 300.000 abejas, un insecto en peligro de extinción fundamental para la agricultura gracias a su labor polinizadora. Entre sus muchas ventajas, cubrir nuestras ciudades con azoteas, balcones verdes y jardines verticales sirve para paliar la crisis de biodiversidad que ha aniquilado a un 70% de la vida salvaje en los últimos 50 años, además de aminorar las consecuencias del efecto isla de calor, por eso algunas ciudades como Roterdam subvencionan los tejados verdes. 

En Medellín, han optado por la creación de “corredores verdes”, una red interconectada de arboledas y arbustos, hogar para numerosos animales, que ha bajado los termómetros de la urbe en 2ºC al mismo tiempo que empleaba a 75 trabajadores de orígenes desfavorecidos en las tareas de cultivo y jardinería. Otro ejemplo de políticas públicas medioambientales de éxito, ya paradigmático, es la renaturalización del río Manzanares, impulsada por el Ayuntamiento de Madrid en 2016, gracias a la cual se pueden avistar ánades, gallinetas, garzas… un paraíso para los amantes de los pájaros y la vida en general.

Luchar contra la vulnerabilidad 

Los anteriores son solo algunos planes de una copiosa lista que abarca asimismo la instalación de sistemas de energía renovable y el fomento del autoconsumo, o la puesta en marcha de huertos urbanos que favorezcan la soberanía alimentaria. Por desgracia, no todos los problemas de los entornos urbanos pueden solucionarse a base de paneles solares, bicicletas o tejados verdes, ya que hay zonas atravesadas por una vulnerabilidad extrema que, más incluso que el resto del mundo, requieren de una acción inmediata y efectiva contra la emergencia climática. 

Entre las más afectadas se encuentra Bangladesh, un país de 160 millones de habitantes que pasa sumergido varios meses al año y donde la mitad de su población podría convertirse en refugiada climática en breve, como asevera un informe redactado por el Ejército de Estados Unidos. En él se ponen de manifiesto los riesgos para la seguridad global que representa esta región y, de manera general, los 600 millones de personas que viven en terrenos al nivel del mar. Así, las medidas adaptativas son tan imprescindibles como útiles, pero no deberían ser las únicas, teniendo en cuenta que el calado de la amenaza las volverá pronto insuficientes en muchos rincones del planeta. El urbanismo ecológico, en definitiva, debería cimentarse en una estrategia internacional más amplia que ataque la causa de raíz. 

Por: Azahara Palomeque.

Foto: CATTAN FLICKER

Tomado de: lamarea.com

 

Fuente: Radio Temblor

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